Alienación mediática

Antiguas enseñanzas afirman que toda acción del hombre corriente es de característica mecánica y automática, situando así al ser humano dentro de la categoría de un mero autómata que funciona en virtud de estímulos externos.
Son muchos los que rechazarán tales afirmaciones y harán hincapié en que ellos son dueños absolutos y artífices propias opiniones y acciones.
No obstante, si observamos con detenimiento y, fundamentalmente, despojados de todo prejuicio, el accionar de las sociedades -francamente masificadas y controladas por un mercado consumista- no nos queda más alternativa que acordar, aunque más no sea parcialmente, que los individuos , en su mayoría, no son dueños de sus propias decisiones. Podemos observar, en nuestra sociedad, que casi por lo general, no se posee criterio ni pensamientos propios y que se carece de un verdadero sentido discriminativo (en el buen sentido de la palabra) que permita discernir lo bueno de lo malo, lo excelente de lo mediocre, lo trascendente de lo supérfluo.
Un ejemplo: Hace algunas décadas, cuando comenzaban a hacer su aparición los juegos electrónicos (videojuegos) periodistas, pedagogos, psicólogos y padres en general advertían, casi unánimemente, los riesgos que los mismos representaban para la salud psíquica y la buena formación de los niños y adolescentes. En la actualidad, cuando la producción y distribución de estos artilugios está en manos de poderosas empresas corporativas, casi todos los aceptan como inofensivos pasatiempos. Es más, cuando alguien se atreve a emitir opiniones contra éstos se lo cataloga como anticuado y retrógrado y se lo escucha (si se lo escucha) con una sonrisa despectiva.
A lo largo del tiempo se puede apreciar que las costumbres y las compulsiones sociales y morales sufren cambios pero, por lo general, esos cambios eran provocados por tendencias filosóficas o, principalmente, religiosas. Ahora, lo lamentable, es que quienes determinan el rumbo “moral” de la sociedad, son los intereses económicos.

No es absurdo preguntarse: ¿Si alguna poderosa corporación, viendo que la pornografía infantil puede ser un gran negocio, le introdujera en la cabeza a la gente que tal cosa no tiene nada de malo? ¿Lo aceptaríamos sin discutir?
No cabe duda que la mayoría responderá airado: “¡De ninguna manera!” “¡Nunca aceptaríamos tal cosa!” Hace poco escuché azorado una noticia que me hace dudar de estas contundentes afirmaciones: Una madre inició juicio a una empres televisiva porque no le permitían a su hija, menor de edad, posar desnuda para una publicidad. Las modelos infantiles están causando furor en muchas partes del mundo.
Los antiguos griegos admitían como natural y deseable la pederastia. ¿Seguiremos su ejemplo? Antes de responder recuerde que las opiniones y principios de la gente en la sociedad, se van modificando paulatina e inexorablemente sin que, aparentemente, nadie se percate de ello. Todo gracias a la poderosa influencia de los medios de difusión.
Cuando los intereses económicos se colocan por sobre todos los demás valores se corre el riesgo de deshumanizar al hombre, convirtiéndolo en un autómata que sólo persigue el confort y el placer momentáneo, sin importarle el bienestar de los demás. Una sociedad con esos parámetros no puede subsistir.
Nuestros abuelos tenían la sana costumbre, casi olvidada, del “análisis de conciencia”. Práctica que deberíamos retomar para conocernos cada vez mejor y comprobar que muchas de “nuestras ideas” y “principios” son en realidad ajenas.
Pase revista a sus gustos e inclinaciones y va a descubrir, con asombro, que éstos han ido sufriendo, con el transcurso del tiempo, una imperceptible pero constante modificación, y no siempre para bien. Ciertos géneros musicales, por ejemplo, que antes le resultaban a usted intolerables, hoy los acepta casi con agrado.
Con respecto a esto, podemos apreciar en nuestra actual sociedad una franca involución en los gustos y sentido estético de las masas.
Expresiones “humorísticas” groseras y de mal gusto son las que en la actualidad tienen mayor éxito y aceptación.
Espectáculos degradantes adornan las marquesinas de los teatros
Música alienante, violenta y ferozmente repetitiva se oye por doquier.
Cualquiera que tenga una básica formación musical (o por lo menos buen oído) se habrá percatado de la falta de selectividad del público que asiste a los festivales y espectáculos musicales ( sin gusto deteriorado no subsistirían la mayoría de estos exponentes modernos). La mayoría, cuando escucha a un cantante famoso (famoso gracias a la publicidad mediática) no se percata de que éste ya perdió por completo la voz (si alguna vez la tuvo) y que por momentos desafina. Esto ocurre porque el individuo, subconscientemente, suma a la expectativa y a la convicción de que todo “famoso” debe cantar bien, el aporte, siempre interesado, de críticos y periodistas a los cuales les interesa más el negocio que el arte. Éstos convencen al público de que lo malo es bueno y lo deleznable una maravilla.
No hacen falta muchas referencias específicas para que usted pueda comprobar esto por sí mismo y encontrar ejemplos claramente ilustrativos en cualquier medio de comunicación masivo.
Estar informados es el nuevo credo social
Dentro de las quimeras que insertan los medios de difusión en la mente de las masas, se encuentra la idea de que es imperiosa la necesidad de estar informados. No importa de qué, o para qué, debemos estar informados. Una avalancha de información, no procesada, llega a los oídos y a la mente de los individuos indiscriminadamente.
Nuestra sociedad posee un nuevo mandamiento al cual honra sin ambages: “Debes estar informado” Esta sentencia no está escrito en pétreas tablas sino en las pantallas de todo dispositivo electrónico. Este nuevo y respetado decálogo tiene la “loable virtud” de aportar al ser humano, siempre obediente al divino mandamiento, un cúmulo de preocupaciones ajenas y foráneas a sus reales intereses, para sumarlas a su ya bien nutrido capital de angustias personales. Ahora, no sólo puede preocuparse por los problemas inherentes a su círculo de influencia personal, sino que también puede preocuparse a gusto por las posibles guerras mundiales, colapso económico en la Cochinchina, escasez de tortugas en las Galápagos, catástrofes y epidemias en los más remotos lugares del mundo aparte, por supuesto, de las separaciones, divorcios y amoríos de las grandes figuras del espectáculo. Por primera vez en la historia de la humanidad contamos con innumerables recursos para sentirnos mal a voluntad y placer. Una dilatada gama de información hace que los tontos, que somos muchos, compartamos las penas y vicisitudes de las luminarias del momento y de las estrellas fugaces del espectáculo. Hay quienes sufren como condenados por un fracaso deportivo como si fueran ellos los que compitieron y se sienten responsables de victorias y derrotas de equipos deportivos (el lucrativo deporte que no es deporte) que ganan fortunas gracias al fanatismo místico-religioso de los hinchas.
Los medios de difusión, reales artífices de la sobre-información, exacerban la curiosidad del público y estimulan un insaciable apetito de noticias, la mayoría intrascendentes o morbosas, para de esta manera tener el dominio y control del próspero negocio de la información.

La sobre-información es, en definitiva, desinformación.

Soy consciente de que todas estas disquisiciones no son más que una mota de polvo en el creciente huracán mediático. ¿Quién escuchará un débil reclamo en el clamor de una multitud enardecida? ¿Quién atenderá razones frente a la autoridad suprema, supuesta fuente de verdad e indiscutible conocimiento que representan los medios de difusión? ¿Quién pondrá en duda sus postulados o desafiará sus afirmaciones? ¿Hace ruido el pétalo de una flor al caer en un abismo? El mismo eco hará quien proclame diatribas en contra del dominio mediático.
No obstante es menester no callar, es imperioso clamar, con todos nuestros humildes medios, contra la alienación generalizada que instigan los intereses creados de los detentadores del poder.

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