La educación responsabilidad de todos

La Educación responsabilidad de todos

La escuela

La escuela era considerada por los antiguos como un templo consagrado a la ciencia y al mejoramiento del intelecto y las buenas costumbres.

En la actualidad nos resulta muy dificultoso relacionar el caótico recinto de las escuelas con la idea de un templo y, menos aún, sentir algún respeto religioso en un lugar donde las malas palabras, las groserías y las actitudes vulgares parecen formar parte intrínseca de los alumnos e, incluso, de algunos educadores. En el mejor de los casos en algunos establecimientos se logra mantener, a duras penas y con férrea disciplina, un relativo orden, pero se ha extraviado el fin fundamental: el cultivo del conocimiento por el conocimiento mismo. Las aulas han dejado de ser el santuario donde se comulga con la sabiduría y se han convertido en una reclusión donde se asiste de mal grado y por obligación.

Los romanos designaban a la escuela con la expresión  ludus, término  que a la vez significaba: juego, diversión, pasatiempo. Es decir que para ellos la escuela no era un lugar de fastidio y agobio sino un recinto de genial ocupación que divierte e instruye a la vez. Tenemos que conceder que algo de esto aún permanece en nuestros actuales claustros educativos, ya que son muchos los alumnos que sólo asisten al colegio para divertirse , si bien es cierto que prescinden  de una gran parte del ideal educativo romano, es decir: la de educarse.

Tal como lo expresara un alumno moderno: “no es la escuela lo molesto, sino las lecciones que en ella se imparten”

Aprovechemos la oportunidad para recordar que llamamos lección a la clase porque la ocupación principal de ella era, para los antiguos, la lectura ordenada y metódica de los escritores latinos y griegos. Naturalmente a la lección, a la lectio, se le añadieron otros ejercicios orales y escritos, no obstante, el oficio fundamental del maestro era leer y enseñar a leer los clásicos.

Y sentimos que nuevamente se abre a nuestros pies un abismo cultural que nos separa de los antiguos. En la actualidad los alumnos -salvo raras, muy raras excepciones- no leen ni las etiquetas de los cigarrillos que fuman.

En los antiguos sistemas de enseñanza el punto central era, pues, la atenta lectura de los clásicos, especialmente, de los poetas. Se leía con sumo esmero, evitando toda aspereza en la voz, toda monotonía, toda languidez. No debía leerse ni en voz muy baja, ni muy alta y, por sobre todas las cosas, sin ningún “cantito”, sin esa cantinela que tanto molestaba a César y que le hizo decir la conocida frase: “¿O cantas o lees? Si cantas, cantas mal y si lees estás cantando”. Lo cual nos da la pauta de la importancia que se le adjudicaba a la correcta lectura y a la correcta expresión.

Y, nuevamente, nos sentimos muy distantes culturalmente de ellos cuando los comparamos con los actuales alumnos, con los actuales maestros y con los actuales conductores de algunos medios de difusión.

Confío en que no piensen que quiero cargar las tintas sobre las falencia de la moderna educación, simplemente quiero llamar la atención sobre el hecho de que cuando dejamos atrás algunos aspectos de las antiguas culturas por considerarlos perimidos y caducos, dejamos de lado, también, sus virtudes. Debemos ser cuidadosos al descartar algunas antiguas costumbres de vida y evitar la pérdida de importantes valores. Cuando arrojemos el agua sucia de la bañera evitemos arrojar el bebé con ella.

Vivimos en la época de la imagen y ésta lo invade todo. Hemos arribado a un punto en que tomamos la imagen que nos llega por la pantalla como la realidad y dejamos, cada vez más, de lado la palabra, el verbo. La palabra, el único medio excelente de comunicación entre los seres humanos.

El hombre se diferencia del animal por su capacidad de expresar sus pensamientos, sentimientos y emociones por la palabra. Por ende, al abandonarla nos aproximamos al mundo de las bestias.

El hombre primitivo sólo veía y pensaba con imágenes, pero imágenes reales del mundo que le rodeaba, con lo que ya nos saca ventaja, pues las imágenes con las que nos contentamos, casi siempre pertenecen al mundo subjetivo de los medios de difusión.

Cuando el primigenio ancestro comenzó a formarse conceptos de las imágenes y acontecimientos que observaba y pudo comunicarlos con precario lenguaje a sus congéneres, la humanidad dio un gran paso en su evolución cultural.

Al descuidar la importancia del lenguaje nos colocamos en una actitud retrógrada.

Y, volviendo a nuestro asunto, es decir, al comparar  la escuela actual como templo del conocimiento se nos asemeja más a una prisión para el intelecto.

¿Con qué ingenio hemos convertido el jardín en el que cultivábamos las flores del conocimiento en el erial estéril desprovisto de todo atractivo que es la moderna escuela?

Habrá quienes me acusen de exagerar la oscuridad del panorama, pero la cuestión puede dirimirse fácilmente: Simplemente pregunten a cualquier alumno que encuentren en la calle si asiste con alegría al colegio y si le agrada estudiar. Seguramente, la respuesta que usted irremisiblemente obtendrá ya no habrá de asombrarlo, porque en definitiva ya lo sabía: los niños y adolescentes a quienes les gusta asistir a clase son una privilegiada excepción y la mayoría reniega de tener que hacerlo.

Es obvio que hemos perdido algo de trascendental importancia: hemos perdido el gusto por aprender. ¿Los responsables? Creo que todos lo somos un poco ya que hemos ido relegando el conocimiento a una mera necesidad de ganarnos la vida. El  pragmatismo imperante nos ha impulsado a inculcar a nuestros hijos la idea que el aprendizaje es un fastidioso menester necesario para desenvolvernos en nuestra competitiva sociedad y no, como debería ser, un agradable medio de alimentar nuestro espíritu.

En las cumbres del conocimiento se encuentran los manantiales  donde podemos abrevar nuestra alma sedienta de realización.

La posibilidad de aprender es el mayor patrimonio que poseemos como seres humanos. Desperdiciar nuestra vida en vacuos y superficiales pasatiempos es necedad.

Nutrámonos y alimentemos a los que nos rodean del único alimento imperecedero: el saber.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.