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Lo bello es bueno y lo bueno es bello

29 abril, 2015 LEON SANTILLAN 0 Comments

Aquél que tiene los principios firmemente establecidos, asentados en la roca firme de la experiencia, no se dejará doblegar por los ataques de las huestes de la estulticia. Podrá dar un paso atrás, pero no será para sumirse abatido en la derrota, ni mucho menos esquivar el combate, sino para tomar aliento y arremeter con más bríos que nunca.
Los tiempos procelosos, los vientos huracanados de las dificultades, el mar de los sargazos de la indiferencia, los arrecifes punzantes de la incultura, trataran de detener su férrea marcha y darán por tierra con sus más caros anhelos. No obstante, como el ave fénix que resurge de sus propias cenizas, vuelve a la batalla, vapuleado pero aguerrido para continuar luchando por lo que cree que es justo y bueno.
En la sempiterna discusión entre lo que es bueno y lo que es malo luchará por lo bello, y lo que es bello es bueno, según el sabio concepto de los antiguos helenos. Lamentablemente nuestra sociedad ha ido perdiendo paulatina e inexorablemente el sentido de lo bello. Diariamente nos ahoga una avalancha de vanas superficialidades que cubren las playas formativas de los pueblos, obligándonos a beber el agua turbia de lo intrascendente y lo vulgar, intentando sofocarnos en el tembladeral de la mediocridad.
Hasta la emoción sublime del amor es denigrada por la desdeñosa vulgaridad, por la reiteración obsesiva y enfermiza de la pornografía, que lo convierte en un vulgar intercambio de animalizados instintos sexuales.
Y ¡Cuánto pierde la juventud, mal educada y peor conducida, al extirpar la tersa poesía del amor de sus prematuras relaciones! ¡Cuánta belleza desperdiciada en la carrera loca y desmedida por gozar los placeres de la carne! Pierden así el placer sublime y poético de compartir sus cuerpos unidos más por la atracción del amor que por la pasajera inclinación física.
Son épocas cruentas, es cierto, épocas de cambios. Épocas donde los valores se tergiversan y caen en el abismo del olvido. Épocas donde casi no existen arquetipos, ni modelos dignos de ser seguidos. Épocas donde no se respeta lo sagrado y se pretende rebajar todo lo sublime instalándolo en la sentina de las diarias vulgaridades pues, cuando el hombre claudica en su intento de superarse a sí mismo, subestima, por ende, las esferas superiores y se conforma con su miserable y mezquino concepto de la vida.

Se oye en las tinieblas densas de la incomprensión y el desatino, el dolorido y olvidado canto del poeta, clamando por un poco de respeto por el sagrado verbo y la expresión divina. El trovador, compungido, no halla oído donde musitar la dulce inspiración de su alma y su canción se agosta en el erial solitario del imperante desdén. Un caótico panorama se extiende ante la angustiada mirada del bardo. El artista vacila al contemplar el fatuo despliegue de banalidades que infestan el jardín de las musas y la indiferencia popularizada pone pretiles a su creatividad.
La incompetencia y la mediocridad ganan estrados de honor en el gusto popular y usurpan, sin derecho, el legítimo lugar del arte. La sinrazón se impone a gritos incoherentes ganando el favor de las masas pues, en el desnivel de la vida, es más simple descender por la pendiente del deterioro que ascender a las cimas de la excelencia.
El pobre se alza contra el rico y el rico explota al pobre. El joven se mofa del anciano y el anciano desdeña a la juventud. Los hijos desoyen la autoridad del padre y el padre se sume en una inerte impotencia. El discípulo traiciona desvergonzadamente a su maestro y justifica cínicamente su actitud.

La avalancha incontenible del despropósito adquiere tal magnitud que hasta los espíritus más conservadores deponen sus armas y se entregas vencidos a las huestes invasoras. Sólo algunos pocos se rehúsan a abandonar la batalla y continúan en quijotesca justa.

Afortunadamente, aún perviven poetas que adorna el horrido mundo con la música de las palabras. Pintores que en su paleta mezclan colores de esperanza. Escritores que con su brillante prosa iluminan la oscuridad de la decadencia expresiva. Músicos que componen sinfonías en homenaje a la olvidada Euterpe.
Y es gracias a esta minoría de sacrificados guerreros de la cultura que permanece, y permanecerá, siempre enhiesto el estandarte de la sabiduría. Gracias a la labor incansable y anónima de los sacerdotes de la cultura, la fe en las inconmensurables posibilidades del ser humano continuará latiendo en la historia de la humanidad.
La inverecundia de los mediocres nunca podrá opacar los destellos de la llama de la perfección.

 

 

Escrito por LEON SANTILLAN

LEON SANTILLAN

Escritor | Periodista | Artísta plástico | Traductor (Idiomas contemporáneos: Inglés. Francés. Italiano. Portugués. Alemán. Lenguas clásicas: Griego. Latín).
Cinturón negro 5to. dan de Ninjutsu.
Director de La Candela – Centro de Formación y Desarrollo.
Director de Revista La Candela.
Director de Bonsai Center La Candela.
Director de CANON | CONSERVATORIO DE MUSICA PRIVADO.
Canal en YOUTUBE: Canon Conservatorio

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