Dibujo León Santillán

Memorias de un mago -Parte I

Se enfrentó el mago a la adversidad. Más que con resentimiento se enfrentó a ella con pena, con dolor.
La incomprensión abrió un abismo que lo separó del resto de los mortales.
En el transcurrir del largo tiempo de su vida fueron muchos los que reposaron en el vergel de su sabiduría. No obstante hoy está solo.
Muchos aprovecharon su fuerza y su poder. No obstante hoy está solo.
Mucho amó y dio mucho por amor. Y está solo.
Todo lo entregó y, cuando nada tuvo, lo dejaron.
Sintió el mago decrecer sus fuerzas y percibió el avance avasallador del enemigo. Cuando dejó de luchar oscuras fuerzas ganaron terreno.
El esfuerzo continuo y sin restricciones agostaron sus energías y, cuando éstas estuvieron ausentes, también se ausentaron sus amigos y sus enemigos se regodearon en su debilidad.

Cuando el acerado estilete de la pena quiso penetrar su pecho, se sumió en la eternidad del silencio. Bebió en la copa de la inmortalidad. Su frágil y ficticia personalidad estalló en mil fragmentos y su alma, libre, degustó el augusto sabor de la libertad. Su sumergió en la fuente primordial del infinito.
¡Guarda silencio alma mía y comulga con la eternidad!
Se alejó aún más de los mortales. Se aproximó a los confines de la vida y de la muerte. Saboreó el dulce-amargo de la partida y el gozo de emprender el libre vuelo.

La alquimia de una suave pena destiló una lágrima. Se sentó a la vera del camino percibiendo la indiferencia de los transeúntes. Muchos de los que bebieron de su mano ya olvidaron su sed y recorren ostentosos el desierto de su vanidad sumidos en egoísta olvido.

Absorto en restaurador silencio vio el mago pasar mil vidas en el cambiante caleidoscopio de su memoria. Observó, con la atenta curiosidad de un niño, las vívidas imágenes de un remoto pasado.
Para poder renacer es preciso morir. Y murió el mago a sus recuerdos y renació en un eterno presente.
Todavía estaba solo, pero la soledad ahora no dolía.

Continuó su labor de sembrador aun sabiendo que no recogería él la cosecha. Aún cuando no llegara a disfrutar nunca de los frutos maduros del estío, no obstante, seguiría cuidando con esmero la sagrada planta del conocimiento.

Aunque lenguas punzantes y viperinas se empeñaran en derramar desprestigio sobre su persona, seguiría abocado a su inclaudicable tarea de aportar su apoyo a quienes lo solicitaran.
Recordó las palabras de su amado maestro:
-“La maledicencia de los necios e ignorantes es un murmullo que aturde a quienes prestan sus oídos a la calumnia, pero es inaudible para el sabio que se ocupa de sólo cosas trascendentales. Apártate de los murmuradores y de aquellos que, pasivamente, son cómplices de la lengua viperinas que se complacen en verter veneno por doquier.

Momentáneamente se alejó el mago de todo y de todos alimentando en la soledad su fortaleza. Se fortaleció en el dolor y su sino fue aún más elevado. Penetró en el santuario del silencio.
Soportó con estoicismo el desprecio y el desdén ajeno. Toleró con paciencia el abandono. Descartó de su mente toda idea de venganza y dejó librado al cielo la retribución a sus agravios.
Domeñó sus poderes y guardó sus armas. Silenció el grito de venganza y, como única respuesta a sus atacantes, derramó un torrente de luz purificadora. No corrompería sus dones alentando pensamientos de mezquina revancha, no sería partícipe del mal aceptando las reglas de su juego.
Recordó las palabras de su maestro:
-“Arduo es el camino que conduce a la perfección. Amarga es el agua que bebe el caminante, agudas son las rocas que laceran sus pies. En la marcha se abandonan muchas cosas amadas, pero es menester elegir entre marchar o estancarse en la transitoriedad de la vida.
Si eliges caminar desdeña el sufrimiento. Nada obtendrás si el dolor te inmoviliza y eludes el esfuerzo.
No es posible avanzar en direcciones opuestas. Es preciso escoger.
Si te decides por el camino de la perfección obtendrás la anuencia de los sabios y el desprecio de los ignorantes. No olvides que el hombre teme lo que desconoce y ataca lo que teme”

Apoyando sus pasos en el cayado de la experiencia reanudó, sin vacilaciones, la marcha hacia un destino luminoso.

León Santillán

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