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Metafísica y palabras

1 abril, 2015 LEON SANTILLAN 0 Comments

Los hombres (y las mujeres) solemos jugar con las palabras. En muchas ocasiones las palabras ocupan el lugar de los hechos y de la realidad, por lo que, casi siempre, ocurre una tergiversación de la verdad.
Nos sentimos muy firmes y seguros respaldados por el engañoso soporte de los nombres. Le asignamos nombres a las cosas y así nos hacemos la ilusión de conocerlas. Creemos saber todo aquello que elegantemente podemos nombrar.
Muchos nuevos conceptos surgen ante la irrupción, en el mundo cotidiano, de un nuevo término, aunque quizás no haya una imagen definida que corresponda claramente a ellos.
Por ejemplo: hace ya muchos años que Pitágoras hablaba de la “música de las esferas”, una música divina producida por los cuerpos celestes. Aún en el presente hablamos del vacío interestelar, donde se propaga el sonido o las ondas luminosas a una velocidad de 300.000 Km. por segundo. En el siglo XIX, algún científico, con intención de complicarnos la vida, puso en evidencia la naturaleza ondulatoria de la luz: una onda se propaga en un medio elástico puesto en vibración bajo los efectos de una fuerza. El aire vibra y propaga el sonido, constituyendo así el elemento activo que le sirve de soporte.
¿Y cuál es el problema? , argumentará usted. El problema radica en que el sonido, de acuerdo a esto, no puede difundirse en el vacío. Y ¿acaso no es el vacío quien reina en los espacios interplanetarios e intersiderales? Y el vacío no es un medio elástico capaz de transmitir una onda luminosa o sonora.
A poco de razonar sobre este abstruso acertijo, todos los pensadores y científicos estaban perplejos y en un auténtico callejón sin salida. No podían negar que una onda necesita un soporte para propagarse y el vacío nos es ningún soporte. Entonces ¿cómo llega hasta nosotros la onda lumínica de algún astro cercano? O ¿cómo llegaríamos a oír jamás la Música de las Esferas si el vacío no transmite ningún tipo de vibración?
Estas ideas generaron una confusión mayúscula en los pensadores (ese es el riesgo de pensar). Había que negar lo que los recientes descubrimientos (recientes para el siglo XIX) afirmaban o…
Cuando todo parecía sin solución alguna, otro genial pensador encontró la solución inventando una palabra: “éter”. Y todo quedó solucionado. Una onda vibratoria no se traslada en el vacío sino en el “éter”. Todos suspiraron aliviados. Al fin el Universo volvía a comportarse sensatamente. De ello deducimos que una palabra puede poner nuevamente en orden al Cosmos.
Todo este circunloquio introductorio no es causado por un mero impulso diserto sino para ilustrar que, muchas veces, se usa una palabra para llenar un vacío en el conocimiento y, para colmo, se la usa mal. Esto acontece con el término metafísica, que se aplica equivocadamente a diversas corrientes de autoayuda o autosugestión. Corrientes éstas que poco, o nada, tiene que ver con la metafísica, por lo menos en el sentido estricto del término.
La metafísica es la rama de la filosofía que trata de las primeras causas y principios de las cosas. Aristóteles la llamaba Filosofía Primera y la definía como la ciencia del Ser, considerado en su aspecto más general. El objeto de esta ciencia es la indagación de la naturaleza íntima y el destino de los seres.
La anterior es una definición académica del término metafísica pero, más allá del limitado sentido de las palabras, nos enfrentamos a un infinito universo de misterios. Realmente misterios, pues aunque la ciencia haya tratado siempre de develar la incógnita del hombre, permanecen en las brumas insondables de lo incognoscible su íntima esencia y su destino final.
En principio desconocemos lo que el hombre es y a lo que está llamado a ser. Conocemos, en parte, la complicada trama de sus procesos biológicos y hemos indagado en los elusivos mecanismos de la genética, pero la llama del Espíritu, el resplandor de la inteligencia, la esencia misma del hombre, la vida, no ha sido, ni puede ser, desvelada por los esfuerzos investigativos de los fenómenos. Sólo en el íntimo laboratorio interior podemos hallar respuestas al interrogante trascendental que ha mantenido ocupados a pensadores de toda índole a lo largo de la historia del pensamiento: ¿Qué somos?
Por medio del la aplicación del magno concepto socrático “Conócete a ti mismo” (γνώςι σεαυτόν) podemos percibir, aunque sólo sea, un tenue reflejo de nuestra verdadera naturaleza.
El simple hecho (que no es tan simple) de comprender que no nos conocemos requiere ya una elevada dosis de sabiduría. Lo que quiere decir que, para dar el primer paso en la larga jornada del autoconocimiento tenemos que proveernos sabiduría.
Y ¿Cómo podemos ser sabios? Por lo pronto sabemos que no se llega a la sabiduría sólo por el mero estudio ya que, como afirma Aristóteles, la eficacia del aprendizaje está condicionada por nuestras costumbres y hábitos. Es decir que sólo comprendemos aquello a lo que estamos acostumbrados y estamos acostumbrados a pensar y vivir en planos pueriles, superficiales y materialistas. Por ello, vanamente, tratamos de llevar luz a los sutiles misterios espirituales con razonamientos extraídos de los prosaicos planos cotidianos.
El poder del hábito domina y maneja nuestras vidas y nuestros pensamientos también están sometidos a su férreo molde.
¿Cuál es; entonces, la primera acción a realizar para acceder a la sabiduría? Ante todo debemos huir de la ignorancia, y nada mejor para huir de la ignorancia que cultivar el conocimiento por el conocimiento mismo. Esto es: el conocimiento puro, libre de todo utilitarismo pragmático.
El sabio, nuevamente afirma Aristóteles, es un hombre libre pues no está atado a pecuniarios intereses, lo cual lo eleva a las cumbres divinas del Conocimiento Universal.
Dice, siempre Aristóteles, que el principio de la sabiduría es la admiración y en la Biblia leemos (en los Proverbios de Salomón) que el principio de la sabiduría es el temor a Dios. Si observamos atentamente veremos que es posible unir ambas sentencias en un punto común; La admiración por lo inconcebible de la Divinidad es el comienzo de la sabiduría.
Concluyendo: la metafísica que procura la sabiduría es una ciencia divina, o bien porque sólo Dios la posee, o bien porque su objeto son las cosas divinas

León Santillán

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