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Música y evolución

15 febrero, 2015 LEON SANTILLAN 0 Comments

Es un hecho indiscutible que ahora, como siempre, el gusto del público en general no es muy refinado  en cuestiones artísticas. Esto hace que la sociedad  se incline por un tipo de música superficial, alegre y sin complicaciones. La mayoría prefiere un género musical simple, que sature los espacios donde vive de sonidos y ritmos para que lo ayuden a silenciar las inquietudes del alma.

El hombre urbano huye del silencio, no concibe un rato de ocio que no esté inundado de sonidos, en ocasiones, estridentes. Procura,  con  las expresiones musicales más sencillas y frívolas, solamente una manera de pasar un buen momento.

Ahora bien, sin juzgar esta actitud, que es válida en cuanto no abarque por completo la vivencia musical o artística, debemos recordar que la música no se limita, ni debe limitarse, a llenar un espacio en el ocio de un individuo, sino que debe ocupar el sitial que le corresponde como mensajera de esferas superiores. Debemos tener presente que la música tiene una misión sumamente  importante y trascendente en un compromiso con el tiempo y la sociedad.

La música es la expresión artística por excelencia de la cultura de un pueblo, tanto que podemos medir el nivel cultural de una sociedad por la música que escucha y compone y, por ende, fácil es columbrar la trascendental importancia que ésta tiene en la formación de un pueblo. El efecto emocional de la música no es asunto que deba soslayarse en cuanto a la formación y educación de los individuos, ya que  puede conducir a un hombre a distintos estados de ánimo: Una alegre y sana euforia, un estado de calma y solaz,  o  reacciones de demencial violencia.

Ejemplos del accionar de la música sobre la psique humana tenemos muchos: desde las marchas hitlerianas que incitaban a la batalla y a la muerte, hasta los modernos recitales de rock con su incontenible desborde emocional.

La música está, y ha estado siempre, unida a las actividades anímicas más importantes del hombre. Ya se trate de una celebración, momentos de esparcimiento, ceremonias religiosas, prácticas mágicas o actividades bélicas, allí estará la música presente para estimular los estados anímicos acordes a la circunstancia.

La música llora las derrotas y aclama las victorias. Canta loas al amor y cubre de melancolías el abandono y la soledad. Nutre el alma solitaria y une, con sonoro vínculo, a quienes comparten un momento en compañía.

La cacofonía imperante en la sociedad actual llena nuestros oídos, y nuestro ánimo, de ruidos y estruendos, pero, para oír verdaderamente los mensajes de la música, debemos guardar silencio. No sólo silencio exterior sino también silencio interior. Sólo cuando somos capaces de acallar el permanente barullo interno podemos oír los divinos efluvios musicales.

Es importante que se busque alegría y esparcimiento en la música, pero no debe olvidarse que existe también un género de música profundo, serio y trascendente que ayuda al crecimiento interior y que hace de este noble arte un instrumento del espíritu.

Socialmente, la música, como loable expresión artística, tiene una función didáctica y debería  servir como vehículo propagador de nobles ideales y de  valores sociales y humanísticos.

Una de las causas por las que, lamentablemente, se produce el deterioro del gusto musical y estético, es que, en nuestra febril y trepidante sociedad, paulatina e inexorablemente, se va perdiendo el sentido de la belleza. Cada vez es menor la importancia adjudicada a la belleza de las formas y colores, a la belleza de las palabras y a la pureza de los sonidos melodiosos de la música.

El cuidado por lo estético, incluso en elementos de uso prosaico y cotidiano, haría de la vida un auténtico escenario de contemplación artística. Iluminando nuestras tareas cotidianas con auténticas obras musicales haremos de un día común una verdadera sinfonía existencial.

La percepción de la belleza es un don que debe cultivarse, pues crece y se desarrolla a medida que nuestra apreciación va en aumento. Todos tenemos, en mayor o menor grado, un aprecio por la música, pero son pocos los que hacen de la apreciación un arte. Aprender a apreciar, aprender a escuchar es un arte que nos permite percibir el deleite superior que puede procurarnos una obra musical. Cuando nuestra capacidad de apreciación se encuentra desarrollada ya no nos conformamos con cacofónicas expresiones  pseudo-musicales de moda, sino que buscaremos alimentar nuestra alma con auténticas creaciones del espíritu.

Es menester estar atentos para poder apreciar la arrobadora belleza de la música y, mucho más atentos aún, para escuchar las melodías  de la naturaleza, pues la naturaleza toda es una inmortal sinfonía de sonidos, formas y colores. La naturaleza es la fuente inmortal de donde bebieron los grandes compositores de la historia, y de la cual podemos, también nosotros, sin grandes pretensiones, humedecer nuestros labios sedientos de belleza intemporal.

Si hacemos de nuestra vida un culto a lo bello y enseñamos a los niños, y a los hombres y mujeres, a amar la belleza, la humanidad toda llegaría a ser buena, con una bondad universal, lo cual, lamentablemente, es un utópico sueño.

Una humanidad buena y bella… ¿una utopía irrealizable? Puede ser pero, de cualquier manera, la aspiración a tal utópica perfección es un sueño sumamente bello.

Escrito por LEON SANTILLAN

LEON SANTILLAN

Escritor | Periodista | Artísta plástico | Traductor (Idiomas contemporáneos: Inglés. Francés. Italiano. Portugués. Alemán. Lenguas clásicas: Griego. Latín).
Cinturón negro 5to. dan de Ninjutsu.
Director de La Candela – Centro de Formación y Desarrollo.
Director de Revista La Candela.
Director de Bonsai Center La Candela.
Director de CANON | CONSERVATORIO DE MUSICA PRIVADO.
Canal en YOUTUBE: Canon Conservatorio

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