Una revista con pensamiento universal – Desde 1994

Reflexiones de un anciano

10 junio, 2015 LEON SANTILLAN 0 Comments

-Para quienes nos precedieron en el camino de la vida-

Me invade una profunda soledad.

Todos se han marchado ya. Se alejaron mirando hacia su propio futuro, olvidando las rocas que cimentaron su presente. El hechizo engañoso de las costumbres modernas los llevó a olvidar antiguos y sabios preceptos. ¡Tantas cosas nuevas ahogaron tantas cosas bellas! ¡Tanta complicación desterró el encanto de las cosas simples! Un nuevo mundo abrió sus fauces y engulló todo lo que yo amaba. Ahora siento que soy un árbol seco en medio del desierto y un árbol seco sólo sirve para leña.

Tal vez antaño haya sido un árbol duro y retorcido pero, hijos míos, mis ramas les sirvieron de apoyo y guía y en ellas jugaron y, cuando la tormenta arreciaba en ellas encontraron seguro refugio. Las heladas tardías de la vida marchitaron mis retoños. La nívea escarcha de los años talló profundos surcos en mí como estandartes del tiempo vivido.

¡Qué profundo silencio!

¡Qué sólo me he quedado!

Árbol viejo y solitario en la llanura. ¡Cuántos cambiantes aspectos de la vida he contemplado! Se marcharon todos, tal como emprenden el vuelo las golondrinas cuando las doradas hojas de los árboles anuncian el otoño. Recuerdo cuantas bullangueras avecillas anidaron en mi tupido follaje de antaño y experimento una gris melancolía. Hoy sólo sopla el viento burlón entre mis desnudas ramas. Recordad, hijos míos, los consejos que son fruto de mi experiencia de árbol viejo. He visto pasar las estaciones. He observado el flujo cambiante de la vida y del destino. No me engañan ya las apariencias, nada es permanente ni dura para siempre. La niñez, la juventud y la vejez son exiguas y fugaces estaciones de la vida. Hay indicios ciertos que anuncian el inminente cambio de estación. Permanezcan atentos a ellos para no ser tomados por sorpresa. No creáis que siempre será primavera aunque corra presurosa la savia juvenil por vuestros tallos ¿cómo soportaréis el crudo invierno si vuestras raíces no están fijas en terreno firme? No olvidéis que un buen árbol debe dar fruto cada cual según su especie. Si olvidáis la simiente que os dio vida ¿cómo sabréis si vuestros frutos son los convenientes? Nunca olviden que la humilde semilla de este árbol les permitió florecer en primavera.

En esta época de indiferencia y cruel olvido hay quienes se burlan del árbol viejo. Señalan con sorna sus rugosas y frágiles ramas. Su tronco doblado es caricatura del árbol lozano y enhiesto y se torna un estorbo molesto. Rostros burlones e ingratos miran mis secas ramas sin recordar que otrora se alimentaron golosos de los frutos que de ellas pendían. Olvidaron que mis verdes hojas fueron segura protección en las implacables tormentas del estío. Hoy me sentí un árbol viejo. Madera sin vida ni futuro. Astillas inútiles que dificultan la prisa del paso juvenil.

Comencé a sentirme triste y abatido. Sentí el peso de la derrota y el abandono. Pero recordé que siendo madera reseca e inerte, también puedo ser fuego. Un fuego devastador que calcine la maleza que pretende ahogar todo sano retoño. Puedo ser flama incontenible que se alimente con el combustible eterno del amor. Puedo ser hogar para que puedan calentarse manos desamparadas cuando la cruel ventisca de la vida azote sin contemplación sus esperanzas. …Y decido ser fuego.

Ya no materia inerte y vana. Comprendo el sentido de mi destino de árbol viejo. No pasaron los años en inútil crecimiento, ni se abatieron mis ramas sin ningún sentido. No llegó a endurecerse mi madera con el sólo fin de mellar el hacha, ni mi tronco se tornó rugoso sólo para ser refugio de alimañas.

Comprendí, por fin, que todos los duros años de mi existencia me estaban preparando para trascender mi añosa inmovilidad…y convertirme en fuego.

 

 

Previous Post

Next Post

Deja una respuesta

Your email address will not be published / Required fields are marked *