Vacaciones

Tiempo de descanso y solaz

Raudos se esfumaron los meses del año y nos encontramos en  la estación en la que nos recrearemos con el   sol, el calor, los mosquitos y el verdor de las plantas. Hay quienes se esfuerzan  arduamente para que al llegar a la temporada estival, puedan  tener  la oportunidad de gozar de  unas cortas pero reconfortantes vacaciones (las vacaciones siempre son cortas). Para aportar algo más a  esos anhelados momentos les traemos un relato ficticio (o no) lleno de verdades que, estimamos, van a disfrutar sobremanera (o no).

Cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia.

Luego de doce meses de ardua labor, llegó el ansiado, el anhelado momento de las vacaciones. Atiborrados de preocupaciones, abatidos por  el cansancio, por fin nos dispusimos  a disfrutar de un merecido descanso y darle  una necesaria pausa a nuestras fatigas.

Computando cada uno de los sesenta segundos del minuto, cada uno de los sesenta minutos de la hora y cada sesenta horas del día… ¡Perdón! quise decir  cada una de las veinticuatro horas del día, pero ocurre que a esta altura del año uno ya se olvida de los más elementales conocimientos y sólo piensa irse a vacacionar. Computando, decíamos, esta caterva de segundos, minutos, horas y días, se llega a la ineluctable conclusión de que se necesita un descanso. Un insoslayable e inestimable descanso.

Habiendo cumplido con nuestros deberes de buenos ciudadanos, habiendo sido responsables, trabajadores, honestos y confiables merecíamos, por ende, ser acreedores a la justa recompensa de un tiempo de holganza y ¡por fin! ese momento llegó. Nada más grato, entonces, que reunirnos  con la familia en pleno para decidir el lugar a donde ir de vacaciones.

Como somos personas sensatas y precavidas, lo primero que hicimos  fue calcular, de acuerdo a nuestro presupuesto, hasta donde podríamos  llegar y cuánto podríamos  darnos el lujo de gastar.

Mientras estábamos abocados y  enredados con los abstractos números, nuestra hija mayor propuso, así como así, hacer un viaje al Caribe. Le comentamos, como al pasar, que no nos parecía que los medios disponibles nos alcanzaran  para un viaje semejante. A causa de esta fortuita interrupción, perdimos la cuenta de la muy abultada adición… de lo que debemos y tenemos que debitar antes de saber cuánto nos queda para las vacaciones.

Nuestro hijo adolescente que, entre otras cosa, adolece de insensatez, hiso  también su aporte de ideas, siempre descabelladas, y propuso  ir a cazar leones al África. Para no comenzar nuestro período de descanso con violencia le respondimos, lo más pacientemente que nos fue posible en esas circunstancias, que tal idea no era viable (obviamente esos no fueron los términos exactos que empleamos). No era viable:

Primero: porque los leones están en vías de extinción y no está permitido cazarlos

Segundo: porque no creemos que un león se deje cazar tan fácilmente y

Tercero: porque lo que propones es una perfecta estupidez.

Luego de amables cambios de opiniones de este tenor, mandamos democráticamente a nuestros hijos a la cama para decidir, en familia, donde disfrutar nuestro aguinaldo o vacación, lo cual es lo mismo. Y no es, aclaramos, que sea lo mismo etimológicamente, pero si nuestro aguinaldo no es lo suficientemente importante no podemos, siquiera,  pensar en las vacaciones. Y así, como la pasar, ¿sabía usted que los aguinaldos eran regalos que se hacían antiguamente en Roma  en el primer día del año? Esta costumbre, por tener un origen pagano, quiso ser abolida por la Iglesia, pero, por suerte, no tuvo éxito y quedó como el precedente de nuestros actuales y magros aguinaldos. Le recomendamos que no le cuente esto a su empleador, no vaya a ser que le suprima el aguinaldo aduciendo motivos religiosos.

Retomando el curso de nuestros pensamientos y proyectos, nos encontramos con que nuestro aguinaldo (actual) no daba para mucho. Era el momento, entonces, de recurrir a nuestros ahorros, los cuales no eran nada despreciables… en experiencias, porque pecuniariamente se reducían casi a cero.

Luego de estas amargas constataciones, fuimos penetrando, paulatinamente, en el tenebroso abismo de la desesperanza. Cuando la frustración de esos oscuros momentos del alma se enseñoreó de nosotros, surgió, como la dorada luz de la alborada, la resplandeciente idea vertida por mi compañera de alegrías y vicisitudes: ¡Podemos vacacionar a crédito!

Llenos de alegría y renovadas esperanzas fuimos a recorrer agencias turísticas. Estudiamos opciones,  itinerarios y planes de pago. Al fin nos decidimos por una oferta que nos pareció estupenda: 15 días en Mar del Plata a pagar en cuatro años. ¡Toda una ganga! ¡Es una suerte que gente tan comprensiva, como los agentes de viajes, tengan respuesta a todos nuestros problemas!

Y, al fin, luego de firmar una montaña de documentos y pagarés, cerramos el trato que nos aseguraría unas maravillosas vacaciones.

¡Y llegó, por fin, el momento de partir!

Nos levantamos muy temprano con la excitación propia de la aventura y el comienzo del tiempo de diversión. ¡Ahora empieza la buena vida!

La euforia del acontecimiento se vio pronto atemperada por el gesto adusto y la mirada amarga de nuestros hijos. Y no es que no estaban  felices con la perspectiva de viajar, ocurre que madrugar les pone de mal humor y, por otra parte, no es lo mismo ir a Mar del Plata que al Caribe o a cazar leones al África. Pero ya se les pasaría  cuando empesaran a gozar de la excursión.

Llamamos un taxi y empezamos a cargar bultos, valijas y paquetes. Cuando parecía que ya estábamos a punto de terminar, alguien añadía algo más a la  abultada montaña de enseres, que crecía en relación directa al mal humor de la familia y ¡ni que decir del conductor del vehículo!

A pesar de los contratiempos pudimos llegar justo a tiempo para abordar el ómnibus que nos llevaría a la perla del Atlántico.

Ya estábamos cómodamente sentados en nuestras butacas reclinables (la mayoría no se reclinaban). Las ventanillas no se abrían porque era una unidad equipada con aire acondicionado… aire acondicionado que no funcionaba. Pero, en definitiva, estas nimiedades no lograron privarnos de la alegría de disfrutar unas hermosas e inolvidables vacaciones.

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Y, como todo llega en la vida, llegamos, por fin, a la ciudad luz.

El océano de color turquesa se desplegaba majestuoso y atemorizante ante nuestros deslumbrados ojos. Nada parecía existir en el mundo más maravilloso que un amanecer en el mar, ver asomar el sol en el horizonte con colores esplendentes. Nada parecía más maravilloso, por lo menos para nosotros, pues, cuando despertamos a nuestros hijos para que admiraran tal maravilla, se quejaron y se limitaron e emitir un inequívoco y somnoliento ¡Uff!

Empujando los ánimos de nuestros vástagos, nos dirigimos todos juntos, muertos de sueño, a la playa. Aún era temprano pero, no obstante, ya se extendía ante nosotros un impresionante océano multicolor… de turistas.

Con la caldeada arena quemándonos los pies buscamos, ansiosos y desesperados, un rinconcito donde refugiarnos y asentar campamento. Nunca pensamos que esto habría de ser una empresa tan ardua. Pero, como no hay mal que dure cien años, conseguimos por fin la preciada y disputada porción de playa donde gozar  de un espléndido día.

Con mis ojos abiertos desmesuradamente contemplaba con deleite el paisaje natural que me rodeaba… hasta que sentí en mis costillas el punzante codazo de mi esposa que, con un rabioso susurro, me advirtió que dejara de mirar a las chicas poco vestidas.

Luego de merendar algunos emparedados con arena, que costaron más caros que una cena con langostinos, decidí jugarme el todo por el todo e ir a nadar a las amenazadoras aguas marinas. Y allí fui, dispuesto a dar el ejemplo. Y di el ejemplo… de lo que no debe hacerse y, para diversión de mi familia y vergüenza propia me sacaron semi-ahogado dos corpulentos bañeros.

Al atardecer, muertos de cansancio, pero felices, retornamos al hotel donde nos alojábamos. Nos dimos una refrescante ducha y nos dispusimos a descansar en una tentadora cama. ¿Cómo?, exclama uno de nuestros hijos, ¿Es que no vamos a ir al casino?

Retornamos a nuestra habitación alrededor de la cuatro de la mañana y nos dispusimos a dormir sin restricciones para reponer fuerzas. Nos sentíamos libres de los horarios de manera tal que nos dormimos profundamente. Como en sueños escuché unos golpes en la puerta. Cuando me despabilé un poco distinguí la voz del empleado del hotel llamando a desayunar.

Luego fuimos nuevamente a la playa ya que no podíamos desaprovechar ni un momento pues las vacaciones pasan rápido y cuestan caro.

Y así, como en una febril nebulosa, fueron pasando los quince días de nuestras preciadas vacaciones. Playa, casino, confiterías, caminatas y sueño, mucho sueño, pero nos divertimos en grande. Por lo menos, creo que  eso es lo que la gente llama divertirse.

Cansados, escaldados por los estivos rayos del sol, físicamente agotados y muertos de sueño nos sorprendió el día del regreso.

Como un vencido ejército en retirada, arrastramos nuestros pertrechos bajo una lluvia pertinaz, hasta el vehículo que nos llevaría de regreso a nuestro hogar, nuestro querido y entrañable hogar.

No nos quedan muchos recuerdos del trayecto de regreso pues, apenas estuvimos instalados en nuestros respectivos asientos, más que dormirnos nos desmayamos.

¡Por fin en casa!

Uno no se percata de cuantas cosas hermosas atesora en su hogar hasta que se ausenta de él un tiempo. ¡Qué bello es dormir sin que nada, ni nadie,  nos despierte por la mañana! ¡Que hermoso es saber que no se tiene la obligación de ir a ningún lado!

Es verdad que en las vacaciones nos divertimos en grande pero ¡qué gran cosa es haber regresado a casa!

Tengo mucho para contar cuando regrese al trabajo. Me sentiré importante y orgulloso al describir a mis compañeros las principescas vacaciones que disfrutamos. Les comentaré de la buena vida que nos dimos y de los placeres que experimentamos. Por supuesto, me reservaré de contarles alguna que otra peripecia y algunos detalles sin importancia como, por ejemplo, que nos queda una substancial  deuda pagadera en cuatro años. Al fin de cuentas cuatro años pasan rápido y cuarenta y ocho cuotas no son tantas.

Todo es cuestión de saber ver el lado bueno de las cosas.


 

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