Vida de artista

Ante todo es  necesario aclarar que al hablar del artista  lo hacemos, obviamente, pensando en el auténtico cultor del arte, no en el individuo mediático producto de la publicidad insidiosa.

El artista recorre el escabroso y arduo sendero del esfuerzo, el estudio y el constante afán de perfeccionamiento.

La labor del artista da comienzo en el  anhelo de transitar el seductor sendero de las musas y finalizará sólo con su postrer suspiro, dejando el  fruto de su labor como  ofrenda, haciendo de este mundo un lugar mejor.

El artista no es un bohemio desconectado del mundo y sus realidades, es el tenaz heraldo que porta el mensaje de esferas superiores para compartir con la humanidad sufriente.

No se equivocaban los helenos al personificar a las musas como mujeres hermosas que seducían los sentidos: Euterpe, la diosa de la lírica;  Erato, la dulce patrona de la poesía; Polimnia, la de los celestiales acordes de la música y  la ondulante Terpsicore inspirando la danza.

Pues, para ser artista hay que saber amar: Amar la policromía de las perfumadas flores. Amar las aves canoras, el suave deslizarse de un cortejo de blancas nubes y  el ignoto suspiro de la brisa primaveral. Ser capaz de oír en silencio la música oculta en la naturaleza y amar sus sones insinuantes. Es despertar amando la vida que se revela  en la sonrisa de un niño o en el suspiro de una niña enamorada.

¿Es que alguien puede objetar el aserto de que el arte es hijo dilecto del amor?

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